Los enemigos del comercio

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La limitación o restricción a las exportaciones son, bajo cualquier análisis, un acto suicida y destructivo para la economía. Sólo se explica por una voluntad manifiesta de deteriorar la economía nacional o un caso extremo de incompetencia. Vale también para las retenciones.

“Los enemigos del comercio” es una monumental obra de Antonio Escohotado donde vincula a las sociedades e ideas más oscurantistas y “pobristas” con una profunda desconfianza y rechazo a las relaciones comerciales. Por supuesto allí entran desde el cristianismo, el marxismo y los populismos tan en vigencia en la actualidad.

El kirchnerismo se nutre de todas esas ideas pobristas en las que se hace culto a un rechazo visceral hacia el comercio y hacia las sociedades abiertas que practican la libre circulación de las ideas, las personas y las mercancías. Sus vínculos internacionales presentes e históricos son un ejemplo elocuente de esta característica: Venezuela, Cuba, Rusia, China, Irán, Nicaragua, etc.

Estoy haciendo una caracterización sobre el origen profundo de la base ideológica y moral de las sistemáticas medidas restrictivas al comercio del actual gobierno. Para el kirchnerismo el comercio es pecaminoso.

Por supuesto que a lo largo de la historia y en nombre del comercio se han cometido pecados aberrantes, sin duda. El comercio internacional nació de la mano de la explotación y el esclavismo. Sin embargo, no podría decirse que las sociedades más conservadoras y cerradas hayan sido célebres por su humanismo y benevolencia.

Las relaciones comerciales han forjado vínculos entre los pueblos, promovido el enriquecimiento cultural, el desarrollo tecnológico y la ampliación de la cosmovisión de las sociedades. Allí donde el comercio fracasa surgen las guerras, la dominación y el saqueo.

Dada la crisis estructural que sufre la Argentina es demencial restringir exportaciones, eso significa eternizar la espiral descendente del empobrecimiento. La consigna debería ser la opuesta; debemos exportar todo lo que nuestra capacidad lo permita bajo condiciones de respeto a nuestro capital natural. No existe otra posibilidad, sólo así tendremos una economía tal que pueda solventar los gastos que el Estado debe afrontar de manera ineludible; sólo imaginemos la creciente demanda del sistema previsional.

Colocar retenciones, las que resultan en un robo de Buenos Aires a las provincias, genera una barrera a las exportaciones de vastas zonas del territorio nacional, precisamente, las más empobrecidas. También se suman los cupos, cuotas y cierres de exportaciones de los más diversos productos. Una ecuación en la que perdemos todos.

Si no estamos dispuestos a una epopeya exportadora, a una severa disciplina fiscal por parte del Estado y a que la ciudadanía haga los esfuerzos que sean necesarios, entonces habrá que olvidarse de revertir nuestro declive. El paisaje de marginación creciente, tomas de tierras y limosnas estatales no tendrán fin. Si hipotéticamente sucede que un bien se encarece por ser exportable, habrá que buscar sustitutos y hacer lo que todo el mundo hace. Para eso hace falta protagonizar un esfuerzo colectivo y eso se cultiva desde la dirigencia, sin demagogos.  

Seguro habrá quienes dirán que maximizar las exportaciones pondrá en riesgo la integridad ambiental de ecosistemas y riquezas naturales. Eso no es culpa del comercio. Eso es culpa nuestra, de nuestra corrupción y nuestra incompetencia. Diría que, por el contrario, confío mucho más en que el comercio internacional nos prescribirá más y mejor razonabilidad ambiental que los dudosos criterios de autoridades ambientales nacionales y provinciales.

Por supuesto que el planeta va camino a un déficit descomunal en materia de recursos si continuamos al actual ritmo creciente de explotación de la naturaleza. Eso no se modifica colocando barreras al comercio. Lo que puede cambiar esa ecuación es bajando la demanda de recursos y haciendo más eficiente la producción de bienes y servicios.

En el mundo contemporáneo, lleno de desafíos e inmersos en una dramática cercanía al colapso ambiental, el comercio debe actuar cada vez más como un eficaz portavoz de la sensatez climática y social. Comerciar nos obligará a cumplir con reglas de juego cada vez más estrictas y sensatas para ir encontrando el camino de la sostenibilidad.

Recuerdo las poco fundadas advertencias sobre los futuros intentos de apropiación de los recursos acuíferos, el “vienen por el agua” de algunos sectores nacionalistas. Lo cierto es que la desigual distribución del agua dulce en el planeta se ecualiza por la vía del comercio de alimentos. Sin comercio, no sé qué pasaría.

Es a través del comercio internacional y nuestros vínculos globales los que permitirán que Argentina tenga una salida realista para mejorar la calidad de vida de los argentinos y ponernos en un sendero de desarrollo sostenible. La capacidad productiva natural de la Argentina es nuestro más precioso capital, al que debemos cuidar con celo. Exportar e intercambiar con el resto del mundo en base a nuestras capacidades naturales e intelectuales, es el modo virtuoso de vivir de lo nuestro.  

Juan Carlos Villalonga


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