El diseño de una política para el H2 verde

por Juan Carlos Villalonga, publicado en Hidrógeno Verde Hoy (Nro 3 enero 2023)

Hay un consenso generalizado en que el desarrollo del hidrógeno en la Argentina tiene un gran potencial, particularmente como bien exportable. Pero no estoy tan seguro que haya un acuerdo claro acerca del esfuerzo que deberemos realizar para convertir ese potencial en una posibilidad cierta. Es frecuente escuchar o leer expresiones referidas a la transición energética señalando que “tenemos hidrógeno”, asimilándolo a un recurso existente. Allí arrancan algunos problemas.

El hidrógeno es bien diferente a cualquier industria extractiva, en donde lo importante es “tener” el recurso a explotar, como es el caso de litio. Con el hidrógeno la situación es bien diferente, es un producto industrial, hay que fabricarlo. Los recursos naturales que permiten pensar una producción de hidrógeno competitiva y a escala son las fuentes de energía renovables, condición necesaria para tener una industria de hidrógeno verde o de cero emisiones. El hidrógeno verde es el bien exportable con mayores chances de lograr mercados.

Ahora bien, poseer buenos y abundantes recursos eólico y solar sólo nos sirve para imaginar una posible producción de hidrógeno, no mucho más. A partir de ese potencial es que comienzan las diferentes etapas de una industria que es capital intensiva, desde la generación eléctrica hasta la obtención de productos finales en base a hidrógeno, pasando por la electrólisis del agua. Entonces, es determinante para planificar el desarrollo del hidrógeno bajar dramáticamente los costos de capital, del financiamiento y bajar los riesgos de nuestra economía que encarecen nuestros productos industriales.

Todo el “costo país” impactará en la cadena de fabricación y logística destinada a colocar arriba de un barco un producto en base a hidrógeno. Poner el acento en este aspecto permite visualizar y dimensionar cuál es la tarea que tenemos por delante si queremos ser productores competitivos de hidrógeno verde.

He señalado en una nota anterior que estamos ingresando en la fase en la que debemos construir acuerdos básicos para diseñar la hoja de ruta que nos puede colocar en buenas condiciones para ser jugadores en el futuro mercado global del hidrógeno. Pero hasta ahora sólo hay un excesivo énfasis en apresurar una milagrosa “ley del hidrógeno” y con esos ya estaría allanado el camino. Ese tipo de razonamiento facilista es el que debemos evitar.

Una Ley de Promoción del Hidrógeno será importante para facilitar que algunas cosas ocurran en las etapas iniciales del desarrollo de la industria en los próximos años, pero eso no alcanza ni nos pone cerca del objetivo de crear las condiciones para ser competitivos internacionalmente. La discusión de la ley de hidrógeno es una oportunidad única para que la industria, los distintos sectores políticos y las provincias, acuerden un compromiso de largo plazo, que excede el texto de la ley. Se trata de acuerdos que permitan revertir las condiciones macro económicas y logísticas que serán barreras infranqueables para la industria del hidrógeno local.    

Algo de esto se puede visualizar en cualquier informe o análisis en que se evalúe cuáles son los jugadores anotados para competir en el mercado global del hidrógeno; en tales casos Argentina pasa de ser un país de gran potencial a calificar con notas negativas o, simplemente, a no figurar. Entonces, los decisores políticos, desde los niveles provinciales y de carácter nacional, deben asumir la tarea de corregir sin demoras ni ninguna clase de atenuantes las distorsiones y los sobrecostos de la economía nacional. Esto que es algo obvio para cualquier actividad productiva, pero no lo es tanto, ya que prevalece la errónea mirada sobre el hidrógeno como recurso extractivo.

No somos “ricos” en hidrógeno. Tenemos un gran potencial renovable, pero países con similares condiciones se pueden encontrar en muchas regiones del planeta. Lo que definirá nuestra capacidad de producción es nuestra competitividad industrial. A diferencia de lo que ocurre con industrias extractivas, como los hidrocarburos o los minerales, aquí no existe un recurso que muchos quieren y pocos tienen. Incluso en la producción agropecuaria, las condiciones del suelo y climáticas son el recurso “escaso”, de allí que sólo algunos países pueden ser potencias exportadoras de alimentos.

Ahora bien, por supuesto que podemos convertir a nuestro inmenso recurso renovable en la base de una industria de escala muy importante. Podemos convertir ese potencial en un despliegue industrial como muy pocos pueden hacer. Pero para lograrlo, el hidrógeno requiere de una vocación de desarrollo industrial y de vinculación con el mundo de la que hoy carecemos.

Desperdiciar la oportunidad de la discusión de la ley quedándonos en un simple trámite legislativo será una oportunidad perdida. Evitemos generar un nuevo régimen de promoción como tantos otros que ya existen, de escaso impacto nacional, de mediocre cumplimiento y generando privilegios sin foco y sin estrategia. La industria del hidrógeno es una industria que debe diseñarse, no se dará por las meras condiciones naturales o por el poco o mucho interés de un sector específico. Por eso es tan frecuente que los países hables de “hojas de ruta” para el desarrollo del hidrógeno; se trata de establecer prioridades industriales, de infraestructura y de política doméstica e internacional.

Lo anterior significa que el sector privado podrá desplegar sus iniciativas si las condiciones macro económicas lo permiten, si la infraestructura necesaria, por ejemplo, portuaria, estará en tiempo y forma, y si los vínculos internacionales del país hacen posible establecer acuerdos comerciales. La “diplomacia del hidrógeno” indica que los lazos comerciales surgirán de la previa cooperación industrial y política.

La política, los que toman decisiones gubernamentales, debe evitar caer en la tentación de pensar que su misión estará cumplida aprobando una ley que reparta algunas exenciones impositivas, algunas facilidades de importación de equipos y una siempre tembleque estabilidad fiscal. La ley debe ser el disparador de un proceso que desarrolle una hoja de ruta con prioridades industriales bien definidas, con metas precisas para el mercado local, una política internacional y climática creíble y sostenida en el tiempo.  

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